La tienda del señor Klaus, cuento de Navidad

Primer premio concurso de relatos Llegando a Puerto que organiza el Pub OMalleys

En Laponia hace frío, pero la tienda del señor Klaus está bien acondicionada, tras años y años de reformas. Por fuera es acogedora, de madera de abeto, pintada de un rojo alegre, con su chimenea humeante y sus corazones silueteados sobre el vaho de grandes ventanales. En la entrada, sobre un parterre nevado, un cartel anuncia su pujanza comercial: “Bienvenido a la tienda de los sueños, cuarenta siglos de historias nos avalan”.

El venerable señor Klaus me recibió en su oficina. Cuando me acomodé en el sofá de su despacho, con la chimenea detrás, sentí un escalofrío, por el contraste de temperatura con el exterior. El señor Klaus me ofreció una copa de coñac que acepté con gusto. Al dar el primer sorbo, el líquido me penetró y me devolvió al calor de la vida.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó con esa voz, entre profunda y melosa, de los viejos con barba blanca que salen en las películas.

—Verá, vengo a buscar material para un relato. Una idea, en concreto —contesté.

—Ha venido usted al sitio correcto, amigo mío —dijo sosteniendo entre los labios una pipa sinuosa que despedía una nube golosamente aromatizada—. ¿Qué tipo de argumento busca usted? Aquí tenemos de todo, desde los más convencionales hasta los más peregrinos que se pueda uno figura; argumentos capaces de suscitar cualquier tipo de emoción: terror, suspense, amor, venganza, culpa.

—En realidad estaba pensando en algo más… satírico… o sarcástico. 

—Jo, jo, jo —dijo tomando la pipa con una mano y escrutándome a través de unas minúsculas gafitas—. ¡Ah, amigo mío! No le será baratas esas historias, son más codiciadas. Quiero decir, si las quiere con enjundia, claro. Las bufonadas y las astracanadas las tenemos a precio de saldo. Pero acompáñeme, le mostraré primero nuestras instalaciones. Le servirán de inspiración.

Lo seguí por unas galerías hasta una especie de invernadero, una de esas estructuras de cristal victorianas, que asemejan enormes jaulas. 

—En este espacio queremos instalar un museo de storytelling. Para los turistas, ya sabe, hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Aquí siempre fuimos unos pioneros. Hace quinientos años trajimos la primera imprenta y, hace cincuenta, los ordenadores. La tecnología cambia, pero la materia prima sigue siendo la misma. Este es uno de los oficios más viejos del mundo, ¿sabe usted? Tan viejo como las cavernas. Y, sin embargo, las historias se repiten siglo tras siglo. Mire usted allí. ¿Ve aquellas tablillas de barro? Caldeas. Crónicas de dioses y héroes. Épicas, naturalmente, copiadas luego por asirios, griegos, persas y hebreos. Y miles de años después por las películas de romanos. Está todo inventado, créame.

En unos anaqueles antiquísimos se apilaban tablillas cuneiformes. Por el suelo, códices abiertos de par en par, tinteros de pedrería, facistoles con cantorales, plumas de cisne, pergaminos y un sinfín de objetos desperdigados acá y allá.

—Perdone el desorden. Le tengo dicho a Pedro el Negro que lo organice, pero anda el pobre desbordado con tanto pedido. Temo que se coja la baja por estrés, por eso tampoco le insisto demasiado. No damos abasto. Antes uno se tiraba con un libro un mes. Era un manjar para degustar reposado. Ahora la gente se dan atracones de series. Rancho, puro rancho. Pero vayamos al grano, dígame, ¿qué tipo de historia le gustaría contar? 

—Mi sueño sería contar una versión actualizada del Lazarillo, un retrato social mordaz e inmisericorde.

—Excelente elección, ya lo creo. ¡Y muy divertida! La picaresca siempre dio mucho juego. Un buscavidas que medra sin reparar en la moral ni en las formas, ¡eso ha existido en todas las épocas! Y más hoy en día, si me permite la opinión.

—¿Qué me recomienda usted? Yo pensaba algo de corte más moderno.

—Venga, venga conmigo. Le presentaré a Rudolf, nuestro director del departamento de Literatura. No se deje llevar por su aspecto; le cautivará su filosofía de vida. «No existen verdades, todo son puntos de vista», «la realidad es un delirio colectivo», «la única regla es que no hay reglas», suele decir.

Me condujo por el laberinto de galerías hasta desembocar en otra sala semiesférica, como un gigantesco iglú, con las paredes también de cristal. La panorámica hacia el valle nevado era deslumbrante. Un tipo con cabeza de ungulado y una vistosa cornamenta se me acercó. 

—Buenos días, señor…

—Bardón. Javier Bardón. 

—Buenos días señor Bardón. Mi nombre es Rudolf. Bienvenido a nuestra sección de novela posposmoderna y posposestructuralista, biznieta de las viejas vanguardias. Ya me informó el señor Klaus de su deseo de adquirir una trama que retrate a la sociedad de un modo despiadado. Creo que tenemos lo que necesita.

—¿En serio? 

—¡Claro! Confíe en nuestra experiencia. Dígame, ¿qué sabe usted del Metaverso?

—Ligeras nociones. Es una especie de universo paralelo, ¿no?

—Efectivamente. Una sociedad virtual análoga a la nuestra en el que todo es posible, porque no hay reglas apriorísticas ni etiquetas. Por ejemplo, puede que usted crea que está hablando ahora con un antropomorfo con cara de reno. En el Metaverso tal cosa no se concebiría, porque no existen categorías predefinidas. Hombre es una categoría. Reno otra. Son categorías, vulgares convenciones. ¿me sigue?

—Creo que sí.

—Bien. Imagínese ahora una réplica digital de su país. Un país al que llamaríamos eSpain, jugando con el doble sentido del inglés, en el que nada es lo que parece, donde un indigente pasaría por rey, un tertuliano por elefante, una inculta por escritora de bestsellers, y un futbolista daría conferencias sobre Heidegger. Una sociedad, en definitiva, anárquica y contradictoria pero libérrima. Y, lo más importante: feliz. ¿Qué le parece la idea?

—Maravillosa.

—¡Pues escríbala. ¡Escríbala, hombre! Conviértase en el Isaac Asimov de su tiempo, ¡qué digo Asimov! Conviértase en el nuevo Víctor Hugo, Steinbeck, Zola. Desenmascare a esos parásitos y vividores que les chupan la sangre. Acuse. Acuse… 

—Suficiente, Rudolf. Puedes retirarte —cortó el señor Klaus con un tono de evidente satisfacción. Luego se dirigió a mí—. Bien, señor Bardón. Hasta aquí llega nuestro trabajo. El resto dependerá de su oficio como escritor.

Cuando despierte mañana por la mañana, no recordará haber tenido esta conversación, tan solo sentirá ese regusto agridulce de la Navidad, en la que se mezcla la ilusión de lo posible con el desencanto de lo real.

Y, diciendo esto, dio dos palmaditas y se esfumó.

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