La víctima

Decía en el epígrafe anterior que sin agresor no hay acoso. Menos evidente, pero igualmente plausible, según la ciencia, es afirmar que cualquier persona puede convertirse en víctima de mobbing si concurren determinadas condiciones.

Numerosos estudios han intentado identificar un patrón de personalidad en las víctimas, aunque los resultados hasta ahora no han sido concluyentes. Existe un grupo amplio de investigadores que sostiene categóricamente que no hay un perfil tipo de víctima, aunque incluso los defensores de esta postura reconocen que ciertas características individuales y circunstanciales aumentan la probabilidad de sufrir acoso. Algunas de estas cualidades, incluso positivas, parecen provocar al acosador en función de su mediocridad, envidia o maldad.

Entre las características vinculadas con mayor riesgo de victimización se incluyen:

  • Resistencia a dinámicas laborales deficientes: Personas que cuestionan prácticas percibidas como injustas y se resisten a seguir órdenes arbitrarias. Su tenacidad provoca la ira del agresor, especialmente en organizaciones donde prevalece la sumisión.
  • Capacidad y eficacia superiores al grupo: Trabajadores competentes o con ideas innovadoras pueden percibirse como una amenaza por jefes acosadores, quienes inician procesos de desprestigio o sabotaje. La alta inteligencia, incluso la superdotación, puede ser un factor de riesgo.
  • Débil integración en la estructura organizativa: Empleados recién incorporados, tímidos o menos conectados con el grupo facilitan la impunidad del agresor.
  • Vulnerabilidad temporal: Personas atravesando dificultades personales o profesionales pueden ser percibidas como objetivos fáciles.
  • Autenticidad e inocencia: Individuos fieles a sí mismos o poco astutos en la dinámica social del grupo se exponen sin querer a la maldad ajena.
  • Situaciones percibidas como injustas: Miembros de sindicatos, trabajadores a tiempo parcial o ausentes por maternidad o enfermedad pueden ser blanco del acoso.
  • Autoestima: La evidencia sobre si la baja autoestima predice el acoso es ambigua. Sí se observa, en cambio, un deterioro significativo de la autoestima a medio y largo plazo en quienes sufren mobbing.

Relacionar víctimas con ciertos perfiles conlleva riesgos, especialmente el de atribuirles la culpa del acoso. Los agresores suelen difundir la idea de que la conducta de la víctima “justifica” la agresión, legitimando socialmente el ataque y culpabilizando a la víctima.

Desde la Psicología Social, se propone una explicación basada en dinámicas grupales. Cada grupo tiene un perfil “idiosincrático” y algunos individuos representan mejor los valores y normas del grupo. Los agresores, a menudo jefes o personas identificadas con la organización, pueden atacar a aquellos percibidos como atípicos o “bichos raros”, con la aquiescencia del grupo.

Más allá de la predisposición personal, el acoso genera consecuencias graves para la víctima. Como describí en otro epígrafe (“Consecuencias del mobbing o acoso laboral”), erosiona el autoconcepto laboral y vital, provocando reacciones que afectan la salud física, emocional y psicológica.

El acoso debe entenderse como un proceso continuo, un “viaje” en el que la víctima acumula experiencias negativas y atraviesa etapas de creciente intensidad hasta que, en la mayoría de los casos, la situación se resuelve con el despido del trabajador. Solo en torno al 10% de los casos se adoptan medidas contra el agresor.

Es crucial que la víctima, al tomar conciencia de su situación, inicie de inmediato estrategias legales y/o terapéuticas para detener el proceso. Cuanto antes se actúe, mayor será la posibilidad de minimizar los daños.

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